lunes, 7 de septiembre de 2009

"EL COJO Y EL LOCO" (EXTRACTO EN EXCLUSIVA DE LA NUEVA NOVELA DE JAIME BAYLY))

(Extracto de “El cojo y el loco”, la nueva novela de Jaime Bayly, publicada hoy por la editorial Alfaguara).


El loco no nació loco. Nació feo y tartamudo y eso le jodió la vida y terminó por volverlo loco.

No todos los feos y tartamudos se vuelven locos, pero el loco nació con un talento natural para la locura y para hablar de una manera tan violenta y atropellada que nadie podía entenderlo, así que estaba en su destino que nadie lo entendiera y ser por eso un loco y no un loco cualquiera sino uno del carajo, un loco memorable, el loco más enloquecido de una ciudad llena de locos como Lima.

Casi todos los padres dicen que sus hijos son lindos y encantadores, pero los padres del loco, cuando lo vieron nacer, quedaron asustados por lo feo que era y por lo espantosos que sonaban los alaridos que lanzaba. No parecía un bebé nacido para ser feliz, parecía un amasijo peligroso de rabia y fealdad, un bicharajo hediondo, peludo y pingón que movía los pies como queriendo patear a todo el que pudiera y lloraba de una manera entrecortada, anunciando su brutal tartamudez.

Era el primer hijo de don Ismael y doña Catalina y había sido concebido con amor, pero no por eso les pareció menos feo y odioso. Lo odiaron desde la primera vez que lo vieron y lo siguieron odiando cuando creció y siguió gritando y pateando y rompiendo todo y cuando empezó a hablar en ese idioma fragmentado y frenético que parecía haberse inventado para joder a todo el mundo y en el que nadie podía entenderlo.

Podía perdonársele que fuera tartamudo, pero además era feo, antipático, chillón, peludo y peligroso como una tarántula, y sus padres se sentían avergonzados de haber procreado a una criatura que, a los ojos de cualquiera, resultaba horrenda e insoportable de mirar.

Como era previsible, don Ismael y doña Catalina vengaron ese primer fracaso inesperado teniendo cinco hijos más, cinco hijos que les salieron guapos y bien hablados, cinco hijos que borraron esa mancha oprobiosa que era el loco, y procuraron alejarlos todo lo posible del primero y más fallido de sus hijos, al que entregaron al cuidado de las empleadas domésticas y al que, para no afearse la vida o para no recordar ese fracaso genético, trataban de ver lo menos posible.

El loco supo desde muy niño que sus padres no lo querían, que sus hermanos no lo querían, que las empleadas que lo cuidaban tampoco lo querían ni le tenían paciencia y le jalaban las orejas y le decían groserías a escondidas, sin que oyeran los patrones. El loco supo que era un estorbo, un asco, un fastidio para todos, sólo que al comienzo no entendía bien por qué nadie lo quería, si por tartamudo o por feo o porque le crecían pelos por todas partes y parecía una araña venenosa.

El loco no iba al colegio porque era más bruto que una pared de cemento y no entendía nada y nadie lo entendía a él. Sus padres contrataron a un profesor particular para que le enseñase a leer y escribir y sumar y multiplicar, pero el loco era una bestia redomada y no aprendía un carajo y cuando le hablaba al profesor no se sabía si lo estaba insultando o halagando o si estaba pidiéndole permiso para ir a cagar. Lo raro era que el loco no se empantanaba con las palabras, no era un tartamudo normal, al loco las palabras le salían tan atropelladamente que se montaban unas sobre otras y terminaba diciendo en una palabra incomprensible lo que había pensado decir en tres o cuatro. Era una ametralladora verbal, disparaba las palabras como balas o cartuchos y estallaban en la cara de quien hiciera el esfuerzo de escucharlo y entenderlo, un esfuerzo que siempre resultaba inútil, porque a veces ni el propio loco entendía lo que había dicho o querido decir.

Para hacer la historia corta, los primeros dieciocho años de la vida del loco fueron una mierda pura. No fue al colegio, no tenía amigos, sus padres lo odiaban y lo escondían de los invitados, era un grano purulento que le había salido en la cara a la ilustre familia Martínez Meza, un grano al que había que aplastar o tapar con una cinta adhesiva para que, en lo posible, nadie viera, porque don Ismael y doña Catalina no entendían cómo, si se querían tanto y tiraban tan rico, podían haber engendrado a una criatura tan espantosa como su hijo primogénito, el loco peludo tartamudo.

Cuando se dieron cuenta (y esto no tomó mucho tiempo), de que el loco no tenía cura y era más bruto que un buey de carga (pero menos sumiso que un buey de carga y sin aptitudes para cargar nada), sus padres decidieron que no valía la pena tratar de educarlo, reformarlo, adecentarlo o hacerlo menos impresentable, simplemente se resignaron a que habían parido a un esperpento, como quien se tira un pedo o eructa ruidosamente, y decidieron que lo mejor era esconderlo hasta que fuera mayor de edad y luego mandarlo al extranjero para que hiciera su vida lejos de ellos y sus cinco hijos guapos y bien hablados, que no veían al loco como su hermano sino como un accidente desafortunado al que era mejor ignorar, como quien pasa manejando en su auto y ve un choque y prefiere no mirar los cuerpos ensangrentados y mutilados en la autopista.

El loco creció solo, ensimismado, hablando consigo mismo en unas palabras que nadie podía entender. Vivía con sus padres en un apartamento de tres pisos en la avenida Pardo de Miraflores, pero dormía en los cuartos del servicio doméstico, con las empleadas y el chofer y el guachimán y guardaespaldas de don Ismael, y estaba explícitamente prohibido de participar de cualquier reunión social o familiar, incluyendo la cena de navidad o los cumpleaños de sus padres o hermanos. Esto al loco no le parecía raro, anormal, abusivo o injusto porque así fue toda su vida y ya desde muy chiquito comprendió que él era distinto, que era loco, bruto y feo y que lo natural era que lo encubrieran, que lo hicieran invisible, que tuviera esa vida clandestina, asolapada, en el área del servicio, como si fuese el hijo de don Ismael y una de las empleadas domésticas. Catalina, su madre, trató de quererlo, hizo esfuerzos por encontrar algo de ternura o compasión en ella, pero el loco era más feo que una cucaracha (pero bastante menos listo) y solo babeaba, se sobaba la pinga, se rascaba los pelos que le salían de las orejas y la nariz, se buscaba los mocos que enseguida llevaba a la boca, era un crío tan horripilante, sucio y acojudado que resultaba imposible quererlo, incluso para su madre.

Tonto como era, resultó sin embargo precoz en las cosas del sexo, y ya a las once años le habían crecido una verga de proporciones y un matorral de vello púbico que el loco se andaba sobando y refregando todo el día en los cuartos del servicio doméstico en los que malvivía entre las sombras y los colchones estragados de las empleadas. Lo que el loco no sabía decir con palabras, porque le salían torcidas, bastardas, lo sabía decir con la pinga. Todo el día andaba con la pinga parada y mirando las tetas y los culos de las empleadas y haciéndose unas pajas demenciales, al tiempo que pronunciaba palabras impregnadas de calentura, de rabia, de impaciencia hormonal, palabras por supuesto ininteligibles, pero que una de las empleadas supo descifrar: el loco estaba ardiendo por tirar y si no le mojaban la pinga se iba a volver un loco malo y terminaría matando a alguien, quizás a una de ellas. Esta mujer, Juana, que andaba ya en sus cuarentas y se había convertido a la religión mormona, no era particularmente agraciada, pero tenía tetas, culo y vagina, y eso era suficiente para enardecer al loco y despertar sus más bajos instintos. No fue por deseo sino por pena que Juana, la mormona, accedió a masturbar un día al loco, que se le apareció con la verga erguida y al aire, y desde entonces ya no pudieron parar, el loco por arrechura desenfrenada y Juana porque como buena mormona tenía que sacrificarse sirviendo a sus semejantes y amando al prójimo, en este caso al loco pajero y pingón que se le metía al cuarto de noche y le pedía una paja más. Lo que comenzó como una paja pasó luego a una mamada (y entonces fue cuando el loco comprendió que a pesar de todo podía ser feliz: nada era objetivamente más placentero que meterle la pichula en la boca a una mujer desdentada) y terminó con Juana montándose a horcajadas sobre el loco arrecho y cabalgando sobre él, mientras escuchaba unas palabras que parecían dichas en latín, pero era el loco masticando y entreverando “que rica estás, chola pendeja”, de tal manera que sólo se escuchaba algo así como “que-ri-tás-cho-la-ja”, palabrejas que calentaban a Juana, la mormona mamona.

Una noche, los gritos de éxtasis del loco fueron tan desaforados que don Ismael se levantó de la cama, sacó la pistola y la linterna y terminó entrando al cuarto del servicio e iluminando a su hijo que culeaba con Juana, la mormona. Enterada de que su hijo, el loco tartamudo, andaba copulando con las cholas del servicio, doña Catalina tuvo un ataque de pánico (que entonces no se conocía como ataque de pánico sino como patatús) y ordenó que Juana fuese despedida y que el loco arrecho de su hijo fuese enviado de inmediato a la hacienda que tenían en Huaral, a cuatro horas en auto al norte de Lima, y se quedase a vivir allí. Su esposo Ismael estuvo de acuerdo y dio instrucciones para que las mujeres que trabajaban en su hacienda no se acercasen al loco, porque sabía que terminaría metiéndoles la pichula a todas las campesinas del valle y a las gallinas y ovejas en caso de extrema necesidad. Fue así cómo el loco, con apenas doce años, dejó de vivir en Lima y fue expulsado a la hacienda de sus padres en Huaral, donde lo trataban como si fuera un peón mas, obligado a levantarse al alba y a cumplir con las faenas del campo, que él sabía cumplir sin quejarse, aunque sobándose la pinga a cada rato.

(“El cojo y el loco”, Jaime Bayly, Alfaguara, 2009).

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martes, 25 de agosto de 2009

DE COQUEROS, CACHIMBOS Y MARICONES

A Renato.

-"Es que no seas pendejo pues, aquí en Lima puedes ser de todo: ratero, borracho, coquero, pero nunca, maricón. Con eso si te jodes.
-Son huevadas, Renato. Vas a ver que yo, siendo como soy, voy a llegar bien lejos. Me voy a graduar de abogado y me voy a lanzar a la presidencia.
-¿Y yo seré tu primera dama o tu primer marido? –dijo Renato riéndose."



A Renato lo conocí cuando me inscribía al examen de admisión de la universidad. Yo postulaba a derecho y por cosas del destino, él también tuvo que hacerlo.
-¿Brother, sabes que mierda tengo que poner aquí? –me dijo.
-Creo que la carrera a la que postulas –le respondí confundido por su pregunta y sobre todo por sus enormes ojos azules.
-¿Tú a cual vas? –me volvió a preguntar.
-Puta, a Derecho creo –le dije.
-Okay, me caes bien asi que yo también voy a Derecho – me dijo.
Me reí.
-Te acabo de encontrar la vocación –le dije aun riéndome.
-Sí, me acabas de encontrar la carrera primo, te la debo. –me dijo también riéndose- Pero la huevada es ingresar ¿Sí o no?, además si ingreso, mi viejito me va dar su cañita pues.
-Puta que lechero eres. –le dije- Mi viejo ni siquiera sabe que voy a postular.
-Mejor huevón, si no ingresas no hay palta, en cambio mi viejo le ha dicho a todo el puto mundo –me dijo- Por cierto, ¿Cómo te llamas?
-Diego, ¿Y tú? – le dije dándole la mano.
-Renato, un gustazo Dieguito, ojala que ingresemos. –me dijo recibiendo mi saludo y mirándome fijamente.
Luego intercambiamos celulares, correos y quedamos en vernos pronto, pero estuve tan preocupado en el ingreso que me olvide de Renato y supongo que él también de mí. Ojala que Renato ingrese, pensaba echado sobre mi cama un día antes del examen.
Así fue. Un domingo a las seis de la tarde me entere que Renato y yo habíamos ingresado.
¿Aló? -dije
-¿Aló, Dieguito?
-Sí, ¿Quién habla? ¿Renato? –pregunté.
-Claro pues huevas, que tal, ¿Ingresaste o no? –me dijo Renato.
-Sí causa, ¿Tú? –le dije.
-Lógico pe, si ese examen estaba regaladazo –me dijo- Creo que la pregunta más tranca fue en la que me pedían mi nombre.
Nos reímos.
-¿Qué te parece si para celebrar nos vamos a dar una vuelta en el carro de mi viejo? –me dijo.
-Mostro, ¿Pero puta, no sería mucha conchudez de mi parte? –le dije un poco avergonzado.
-Para nada hombre, vamos no mas, yo invito. Mis viejos se han largado a festejar y yo estoy aburridísimo –me dijo- Al toque, dame tu dirección.
Le di mi dirección y una hora después, cuadro su flamante carro frente a mi casa.
-¿Qué te paso en la cabeza, huevón? –le pregunté tratando de disimular la risa.
-El concha de su madre de mi viejo, causa, me ha cagado el pelo –me dijo Renato, mostrando su cabellera trasquilada- Sube causita, que hoy día la reventamos.
-¿A dónde vamos? –me preguntó.
-No sé, ni idea. –le respondí- no soy de salir mucho.
-Bueno entonces vamos a mi casa, pero antes ¿no conoces por donde venden vitaminas por aquí? –me dijo.
-Claro pues, yo tengo mi casero, anda de frente hasta el malecón –le dije.
-Ah carajo, también le entrabas a la huevadita –me dijo arrancando el carro- eres del deshueve Dieguito, vamos a ser un dúo de puta madre en la universidad.
Llegamos al malecón y compramos un par de paquetes de coca y marihuana. Luego fuimos rumbo a Miraflores por la costa verde.
-Siempre que me armo tengo que fumarme un troncho luego, sino no duermo nada, me quedo tiesazo, llorando como un huevón. –dije.
-Yo me tomo unas pastillas para dormir y a la mierda –dijo Renato.
-.A mi me han dicho que si tomas pastillas después de armarte te puedes cargar.
-Son huevadas, tengo cinco años de coquero y no me ha pasado ni mierda –me dijo Renato- mas bien, ve armándote un tronchito pues, que me estoy aplatanando.
Armé el troncho rápidamente, mientras la brisa del fecal mar limeño se colaba por la ventana semiabierta.
-Carajo, todo un profesional armando su troncho. –me dijo Renato fumando con fuerza- ¡Mierda, que rica esta la hierba!
Dio unas tres pitadas más y me lo pasó, luego terminé por acabarme el troncho.
-No hay como la canabis para relajarse –dijo Renato.
-A mi no me relaja, a mi las drogas me vuelven maricón, recontra maricón –le dije.
-¿No jodas? ¿Te gustan los hombres? –me dijo sorprendido, mientras el carro subía la cuesta hacía Miraflores.
-Sí, bastante. Sobre todo tú. ¿Te jode?
-No huevón, para nada. Si a mi también me pasa. Puta, yo pensaba que era el único.
-Que chucha vas a ser el único, si a medio Lima se le chorrea el helado. –dije- Lo que pasa es que todos son una sarta de cabros que no se atreven a aceptarlo. Se cagan de miedo.
-Es que no seas pendejo pues, aquí en Lima puedes ser de todo: ratero, borracho, coquero, pero nunca, maricón. Con eso si te jodes.
-Son huevadas, Renato. Vas a ver que yo, siendo como soy, voy a llegar bien lejos. Me voy a graduar de abogado y me voy a lanzar a la presidencia.
-¿Y yo seré tu primera dama o tu primer marido? –dijo Renato riéndose.
-Tú serás lo que quieras, mi amor –le dije besándolo, mientras cuadrábamos el carro frente a su enorme casa en la calle Porta.
Entramos a la casa. Era preciosa, parecía nueva.
-Límpiate bien las tabas y no toques nada, porque mi vieja es maniática de la limpieza –dijo Renato.
Caminamos hacia su cuarto. Renato prendió su radio, nos quitamos la ropa y nos echamos en calzoncillos sobre su cama. Renato trató de besarme.
-¿Y si vienen tus viejos? –le pregunté.
-Ni cagando, tienen hasta mañana –me dijo.
-Okay, pero ahorita no tengo ganas de cachar. Mejor otro troncho, ¿Qué dices?
-No, mejor probamos que tal esta el paquirri -dijo Renato, mientras sacaba la coca de uno de sus bolsillos y ayudado por su DNI aspiro un poco de coca.
Jalamos todo lo que pudimos. Teníamos la garganta seca, los labios partidos, nuestros rostros estaban completamente tiesos.
-Vamos a cachar –dijo Renato haciendo gestos extraños con los labios.
-No, Renato, mejor no –dije totalmente duro- me siento mal, me duele el pecho, creo que me va a dar un infarto.
-Calla huevón, no seas mariquita. –dijo Renato echándose sobre mi- Cachar duro es riquísimo, mira te voy a enseñar.
Renato y yo tuvimos sexo torpemente. Sinceramente no me gusto mucho, pero él pareció disfrutarlo.
-¿Te gustó? –me preguntó recostado sobre mi pecho. Estábamos sobre la cama, aún desnudos, yo me moría por meterme un tiro más. Le pedí la coca Renato y jalé todo lo que pude. Mi nariz estaba a punto de arder.
-No sé, creo que no –dije mientras se me quebraba la voz- me siento horrible huevón, me siento sucio, siento que soy un coquero de mierda.
-No seas huevón, pues compadre –dijo Renato apartándose de mí- Que huevada contigo, trata de no pensar en eso. Cuando estas en rebote es mejor no pensar en nada.
-¿Es que no te das cuenta? –dije llorando- Soy un maricón, un puto maricón coquero, y yo no quiero ser así puta madre, yo no quiero.
-Puta pero a mi me gustas así –dijo Renato besándome el cuello- me gustas así bien mariconcito, eres mi mariconcito rico.
Renato parecía estar hablando dormido, casi no se le entendía nada.
-¿Me quieres? –le pregunté.
-Cómo mierda, huevón –me dijo- sin ti no voy a poder aguantar la universidad.
Traté de sonreír pero no pude, tenía la cara rígida.
-¿Crees que nos graduaremos? –le pregunté.
-Si dejamos la coca, tal vez –me dijo Renato aspirando más coca- pero por ahora, no me interesa averiguarlo.
- A mi tampoco –le dije y lo besé.

Diego Granadino.

lunes, 10 de agosto de 2009

¿POR QUÉ ESCRIBO?

A Nicolas.

"...Escribo, por supuesto, para vengarme. Para vengarme de todos, de mi familia, de mis amigos, de mis enemigos, de ustedes y sobre todo de mí."


Escribo para no olvidarme lo que digo hablando solo al caminar en la calle. Escribo para mantener mis manos ocupadas y no usarlas para tocarme frenéticamente el sexo.

Escribo porque los lunes, un grupo de personas, tal vez reducido, espera que escriba. Escribo para demostrarles a todos, que las leyendas que escucharon sobre mí, todas, absolutamente todas, son verdad. Escribo porque les doy pena y ni siquiera se molestan en disimularlo. Escribo, por supuesto, para vengarme. Para vengarme de todos, de mi familia, de mis amigos, de mis enemigos, de ustedes y sobre todo de mí.

Escribo porque escribir me hace bien a la salud. Escribo porque necesito llorar, y escribir, felizmente, me provoca un llanto interminable. Escribo para poder gritar, para poder morderte y luego escapar como un perro callejero al que han pateado brutalmente, y es que valgan verdades, sí que me han pateado.

Escribo por que no sé cantar, ni pintar, ni bailar, en fin no sé hacer nada, solo escribir y eso, es objetable.
Escribo porque sé que tal vez no tendré hijos, y que si los tengo, no vivirán conmigo sino con su madre. Escribo porque mi abuelo se murió y lo extraño. Escribo para nunca olvidarme de mi abuelo, para tenerlo presente en todas partes, para que vele mi sueño, para que se sienta orgulloso de mí.

Escribo por la misma maldita razón, por la que trabajo doce horas, cinco días a la semana.
Escribo porque necesito plata para poderme procurar, yo solo, el mismo nivel de vida que el de mis amistades, que son pocas pero son.

Escribo para que, si no me pueden respetar, que es obvio que nadie lo hace, me teman, se caguen de miedo de mí. Escribo porque soy malo, cruel, indigno, vil, etcétera, etcétera, etcétera. Escribo para sentirme (y parecer) importante. Escribo para no tener nunca que matar a nadie y para prolongar, solo un poquito, mi suicidio.

Escribo porque no tengo nada que hacer en la noche cuando no puedo dormir. Escribo en nombre de los traicionados, los tristes, los humillados, los parias, los linchados, los heridos y sobre todo, en nombre de los maricones, que son, al fin y al cabo, el resumen de todo lo dicho anteriormente. Escribo porque no sé pelear y porque no sé defenderme. Escribo porque si me defiendo a golpes, es muy probable que me rompan la cara de inmediato.

También escribo porque puedo crear historias a mi antojo, porque puedo hacerme alto, flaco, inteligente, pingón.

Escribo porque cuando escribo y solamente cuando escribo, me desconozco, me transfiguro, me convierto en algo poderoso y bendito y luminoso y santificado y lleno de gracia, me siento Dios. Porque siento que vuelvo a ser casto, siento que vuelvo a ser virgen, porque soy nueva criatura.

Escribo porque me regocijo horrorizando a mi abuela y a todos los que me leen.
Escribo porque mañana, tal vez ya no esté, y si eso pasa, ya no podré escribir.
Escribo porque me siento solo y a la vez porque me gusta ser libre. Escribo porque me gusta de leer y copiarme de los autores que leo.
Escribo porque me gusta que me digan que me leen.
Escribo porque necesito contarle a alguien (o a todos) mis cosas o las cosas de alguien (o de todos).
Escribo para que esta computadora no me sirva sólo para masturbarme en las madrugadas. Escribo porque desde niño he querido escribir, pero escribir bien, no como ahora.

Escribo con la ilusión de que, ya que te he decepcionado a mis padres en todo lo demás, por lo menos estén orgullosa de lo que escribo, pero eso, es casi imposible. Escribo para no olvidar mis recuerdos. Escribo porque se terminan los sueños y los amigos, eso sobre todo, lo amigos.

Escribo porque escribiendo que soy bisexual siento menos vergüenza que diciéndolo. Escribo también, porque siento que estoy perdiendo la vergüenza.
Escribo para celebrarme y para destruirte y para destruirme y para celebrarte.

Escribo para que todos sepan que ya no te quiero pero que te quise. O que ahora, en realidad, te quiero más y que el solo hecho de saberlo te arrebate un poquito de felicidad. O te la duplique. Escribo para no llamarte al celular, el cual me sé de memoria. Escribo para que si algún día publico un libro y tú lo veas en alguna librería, te mueras de la cólera.

Escribo para recordarte que todavía estoy aquí. Que, contra todo pronóstico, resistí. Que no me mataste, que no me mataron. Que todavía no me he muerto, puta madre.

Pero escribo, sobre todo, porque quiero ser escritor.



B.O.

lunes, 3 de agosto de 2009

EL AMIGO QUE NO PERDÍ

Para mi causa Adrian.

"...en mi humildad esto es lo único que yo puedo regalarte, por que esto es lo único que yo se hacer, esto es lo único que me apasiona en verdad hacer y tú, lo sabes, lo sabes más que nadie."


Si tuviese que escribir mi última historia, si tuviese que narrar mis últimas memorias y si tuviese que plasmar en este espacio el último de mis recuerdos, jamás me perdonaría no escribir sobre Adrian, mi mejor amigo y como ya lo he dicho en reiteradas ocasiones, el varón circunspecto que yo nunca seré.
Tal vez a nadie le importe saber de él o de nosotros, pero yo no quiero ser escritor para importarle a la gente sino porque soy un cobarde y no encuentro una mejor manera de expresar lo que siento, excusándome en mi imaginación para evitar las posibles riñas y a veces golpizas que esto me acarrea. Por eso, todas las personas que han participado en mis retorcidas crónicas, todos los actores que han protagonizado mis relatos, significan mucho para mí pues para bien o para mal, han compartido generosamente sus vidas conmigo y yo, no sé si injustamente, los he apresado en mi memoria para perpetuarlos sobre el papel o como en este caso, dentro del ciberespacio. Y como sé, que ha este blog y tal vez a mí mismo, ya no nos queda mucho tiempo, he decidido escribir esta historia, que quizá no imaginé de esta manera, pero que hoy, tal vez por la premura, ha empezado a fluir desenfrenadamente.

No sé que te puedo decir, hermano, que yo no te haya dicho antes. No sé que historia pueda contarte con la intención de sorprenderte, que no te haya contado antes.
No sé como agradecerle, estimado ingeniero, la ferviente amistad que me ha brindado por tanto tiempo, jugándose en muchos casos la reputación, pues estar al lado de un maricón y peor aún abrazarlo o besarlo, te convierte, en las rapaces y fecales bocas de nuestros, digamos, “amigos”, en un maricón más. Y eso, no me lo dijo usted ingeniero, sino lo noté yo. Lo noté cuando me abrazabas sin asco frente a quien sea, lo noté en Marina Park, sobre el Tagadisco, cuando me abrazaste por detrás y me enseñaste a mantenerme de pie justo al medio y resistir, como tú, las convulsiones que le procuraban los apuestos muchachos de la cabina. ¿Recuerdas ese día? Apuesto que ya lo habías olvidado. Yo nunca lo olvidaré. Podría jurarte de que fue uno de los pocos días en que fui enteramente feliz. Gracias por eso amigo, y gracias también por ayudarme a conseguir esas mágicas pastillas desembarazadoras. ¿Qué hubiese sido de mi sin ellas, hermano? ¿Qué sería de Fiore sin ellas? Los dos te debemos mucho, pues si tú no nos hubieses ayudado hoy seríamos padres de un hijo, tal vez igual de confundido que yo. Pero tú siempre estuviste a mi lado para lo que fuese, no solo fuiste mi brazo derecho fuiste también el izquierdo.

Yo sé que al principio te hiciste mi amigo para conquistar a una mujer, a la cual por ciento conquistaste, ¡Y de qué manera! , pues puedo jurarte, cómo que también ha sido mi mujer y la conozco mejor que nadie, que ella aún no te ha olvidado y que si te lo propusieras hoy podrías tenerla comiendo nuevamente de tu mano, ¡Por que coño, que facilidad tienes para arreglar las cosas! Pero me estoy desviando del tema, pues tal vez lo que tú no sabes es que yo me hice tu amigo para conquistarte a ti.
Me avergüenza un poco decirlo, pero es verdad. Aunque luego, con el tiempo y para cubrir mi fracaso, pues tú nunca, ni siquiera por compasión me tocaste siquiera un pelo, formulé la teoría de que nunca, por mas que te encuentres re-cachondo, te acuestes con un amigo o amiga que en verdad valores. Con los otros incluso esta permitido hacer orgías, pero con las personas que en realidad estimas es mejor declinar a poseerlas o dejarse poseer sexualmente, claro que esto no te impide masturbarte pensando en ellas o ellos, pero te prohíbe cualquier clase de acercamiento de tipo carnal.
He comprobado esta teoría muchas veces y me ha pasado con frecuencia que he ido perdiendo amigos por el solo hecho de no saber contenerme. Hay están por ejemplo casi todos mis amigos de la primara y uno que otro de secundaria.
Pero contigo fue distinto siempre, amigo, y tengo que decirte que escribí todo esto para demostrarte lo importante que eres para mí y para jurarte que nunca intentaré, por lo menos sobrio, acostarme contigo.
Hablando de eso, ¿te acuerdas de esa traviesa camarita que ocultabas en tu cuarto y con la que me transmitías en vivo y en directo tus fogosas jornadas amatorias? Acto por el cual, yo también en reciprocidad me desvestí junto a mi novia frente a la web cam y compartí con la tele-audiencia que habías invitado secretamente a tu cuarto, las desforzadas poses que procuraba con mi novia para que no se me vea más de lo necesario. ¡Estabamos locos, brothersito! Ahora ni loco me atrevería a sacarme siquiera la camisa frente a una cámara, y yo creo que tú menos.
Y hablar de cámaras me hace recordar también una historia que pudo acabar mal, pero que por ese don mágico que tenemos para hacer divertidas las cosas, y que espero nunca perdamos, termino convirtiéndose en toda una aventura. ¿Te acuerdas de la pobre “Huesito”? ¿Del enorme collar que le heredó su abuela, por el cual yo no daba ni un sol, pero que terminó valiendo una fortuna? ¿Recuerdas la repartición del motín, sentados como delincuentes comunes sobre unas bancas frente a las Malvinas? ¿Cómo puedo olvidar yo eso? La pobre Maria Claudia, que ha sufrido muchos golpes en la vida, tuvo que soportar también los golpes de nuestros vengativos amigos.
Es por eso que hoy solo me queda decirte que me arrepiento de nada de lo que vivimos y que si tuviese que repetirlo todo, pues lo haría gustoso. Yo a veces digo que no creo en Dios pero eso es mentira, yo cada vez que estoy contigo, cada vez que hablamos o nos escribimos al correo, creo en Dios y le agradezco por haberte puesto en mi camino, pues sin ti “causita”, sin tus consejos, sin tus mentadas de madre, yo no sé que mierda sería de mí.
Adrián, yo solo quiero decirte que tú significas para mí, mucho más que estas chapuceras líneas, pero en mi humildad esto es lo único que yo puedo regalarte, por que esto es lo único que yo se hacer, esto es lo único que me apasiona en verdad hacer y tú, lo sabes, lo sabes más que nadie. Gracias por apoyarme en esta nueva locura de querer ser escritor, gracias por no darme la espalda nunca y bancarte todas mis estupideces, consiguiéndote pleitos gratuitos, de los cuales yo nunca podré sacarte. Y gracias sobre todo por creer en mí, ahora que tal vez ya nadie lo hace.

Diego.

jueves, 30 de julio de 2009

¡SOY UN ASESINO!.

A mi suegra, con todo el odio del mundo.

¡Coño, no me puede estar pasando esto!, me dije molesto. Tenía que vengarme, ninguna persona o animal puede morderme el culo y vivir para contarlo. Me paré algo adolorido y aprovechando la ausencia de mi novia, fui en busca de la fiera...


Mi relación con los animales nunca ha sido la mejor, por supuesto que con los personas “pensantes” tampoco, pero la principal diferencia entre ellos es que con los humanos me puedo acostar y solucionar cualquier tipo de diferencias o problemas y con los animales no (o por lo menos hasta ahora no lo he intentado y creo que tampoco tengo ganas de hacerlo). Creo también que los animales, sobre todo los gatos, son infinitamente más inteligentes que yo. Su mirada desafiante me resulta sumamente intimidante. Ni siquiera esforzándome podría alcanzar a igualar las habilidades de un gato, con esto no quiero que piensen que los admiro, yo no admiro ni quiero a ningún animal (tal vez por eso tengo muy bajo autoestima), todo lo contrario, les temo, los odio y hago todo lo humanamente posible para mantenerlos alejados de mí y de mi territorio. Eso lamentablemente, no es algo que mi novia y mis ex novias entiendan, pues juraría que quieren a sus animales mucho más que a mí y por lo tanto me obligan a estar cerca de ellos exponiéndolos a mis patadas, escupitajos y cuanta maldición me sea posible conjurarles.
De niño era para mi un deporte decapitar pollitos o bañar en el inodoro a gatitos recién nacidos, pero ya de grande y con mucho menos escrúpulos, descubrí que eliminar animales indefensos era mi verdadera vocación. Muchos creerán que soy malo, y es verdad, lo soy, pero no digo esto para parecerlo aún más si no para tratar de justificar, desde el punto de vista psicológico, la gravísima falta que cometí la semana pasada. Falta de la que no me siento arrepentido del todo, y digo esto pese a que mi confesión podría agravar mi actual estado de reo contumaz. Pero como todo para mí tiene una explicación lógica (y lo que no tiene pues se le inventa), en las siguientes líneas paso a explicarles mi versión de los hechos.
Mi novia tiene una madre y una perra. Las dos son pequeñas y viejas. Las dos me odian. Por supuesto que yo he aprendido a odiarlas con el mismo fervor que ellas me odian a mí. No sé con seguridad, quien de las dos me odia más, pero de lo que sí estoy seguro es que yo las odio a las dos de la misma manera (y esto lo hago para no causar celos entre ellas). He descubierto que de las dos la más valiente y osada es la perra, pues al verme me ataca con sus ensordecedores ladridos y una que otra vez se atreve a mordisquearme la pantorrilla, en cambio mi suegra solo atina ha hablarle mal de mí a su hija y a casi toda su parentela, cuando no me encuentro presente. Lo único que se atreve a hacer esa distinguidísima señora, es a mirarme con furia y a enviarme dolorosas indirectas. Ella cree que me duelen y yo que soy un buen yerno, intento que a si parezca, con el solo propósito de que pueda ser feliz en estos años, que imagino serán los últimos que pasará entre nosotros.
La perra de mi suegra, y dejo constancia de que me refiero a su mascota, parece estar adiestrada para hacerme la vida imposible, pero esto a mi novia por supuesto le tiene sin cuidado, pues siempre tiene una explicación para su mal carácter. Mi suegra casi nunca esta en casa, pero eso no importa, ella, no dudo que valiéndose de encantamientos y hechicerías, ha adiestrado a su animal para que en su ausencia me mantenga lo más alejado de su hija que fuera posible. Esto me irrita, pues me quita la posibilidad de besarnos y tocarnos a nuestro antojo aprovechando que estamos solos.

El lunes pasado, que climáticamente para mí fue maravilloso (una lluvia torrencial completamente literaria), no lo fue tanto laboralmente. Acababa de llegar de unas prolongadas vacaciones y esto en vez de tenerme en cierto modo relajado, me daba pánico pues me imaginaba todo el trabajo acumulado que tendría sobre la mesa. Fue un día terrible, no solo para mí si no también para todos los que tuvieron que soportarme. Pero había algo que por lo menos me mantenía cuerdo: a las seis de la tarde en punto tomaría un taxi e iría a ver a novia después de casi un mes. Imagínense como estaba. Solo un hombre podría comprenderme, aunque no dudo que una lesbiana también. Nada podría arruinar ese encuentro, excepto su madre claro, pero esta no estaba. Perfecto, decía yo. Pasé por una farmacia y luego le dije al taxista que no pare hasta Jesús Maria (y también le dije: “ponte desodorante”, al estilo Príncipe del Rap). El tráfico alargo la espera y me lleno de ansiedad. Entiéndanme, ¡Casi un mes sin ver a tu novia! Solo y aburrido en un hotel provinciano, rodeado de habitaciones en donde probablemente estaban haciendo el amor salvajemente y yo, resignándome a ver porno en televisores chapuceros, tocándome frenéticamente.
Llegué y de inmediato subí. Las escaleras se me hicieron interminables, y es que subir siete pisos con mi peso actual, puede resultar toda una proeza. Toqué y me abrió ella. Estaba preciosa, en buzo y descalza, esto por supuesto que causó cierta rigidez en alguna parte de mi cuerpo, pero que supe disimular con un casi inadvertido movimiento de mano. Luego nos comenzamos a besar como si no nos hubiésemos visto en años, yo ya imaginaba el excitante desenlace, cuando de pronto, sobre mis nalgas sentí unos pequeños incones que no podían ser causados por las manos de mi novia, pues estas estaban ocupadas cogiendo una zona algo prolongada de mi cuerpo. Fue casi instantáneo, pero yo sentí que la penetración era interminable. Di un grito y me sacudí y tras de mi empezaron los desesperantes ladridos de la maldita perra de mi suegra, que acababa de morderme. Estuve a punto de llorar, pero la vergüenza pudo más. Aunque yo sentí que la perra se había llevado un trozo de mi culo entre los dientes, traté de disimular ante mi novia que había perdido toda la fogosidad por dedicarse a buscar algodón y alcohol para curarme.
¡Coño, no me puede estar pasando esto!, me dije molesto. Tenía que vengarme, ninguna persona o animal puede morderme el culo y vivir para contarlo. Me paré algo adolorido y aprovechando la ausencia de mi novia, fui en busca de la fiera. La encontré oculta en las cortinas del balcón, parecía saber que lo que acababa de hacer le iba a costar caro. Seguramente vio en mis ojos todo el odio contenido que he guardado en mi corazón siempre y que no he tenido el placer de demostrárselo a nadie. La muy cobarde trató de huir, pero ya era muy tarde su sentencia de muerte estaba firmada. Sin darle tregua a que emita un ladrido más, corrí hacía ella como lo hubiese hecho el mejor delantero de fútbol de mundo y mi pierna derecha se desplazo directamente a su abdomen. Realmente fue una patada descomunal, la perra solo pudo dar un pequeño quejido y antes de que yo pudiese hacer algo, empezó a dar vueltas sin sentido y acrobáticas muy cerca del balcón, para luego desplomarse al vacío y bajar los siete pisos del edificio de una manera muy particular. No pensé que podría caerse, realmente no era mi intención empujarla, tal vez si lo era matarla, pero no de esa manera tan cruel y tan poco convencional. No pasó más de dos segundos para que pudiese oil su aterrizaje. Yo estaba helado e inmóvil cuando escuché a mi novia acercarse, de inmediato notó en mi cara que algo no andaba bien, yo solo señalaba el balcón con el dedo. Lo que pasó después es difícil de explicar. Mi novia y mi suegra me acusaban del asesinato, yo me defendía, pero era consiente de que no me creerían. A nadie le interesaba que tuviese la retaguardia herida, a nadie le importaba que yo hubiese actuado en defensa propia por eso, quisiera que la perra de mi suegra se pudra en el infierno. (Ahora si dejo constancia de que me estoy refiriendo a la mamá de mi novia)

lunes, 20 de julio de 2009

DOS COSAS QUE NO OLVIDARÉ

"Eran aproximadamente las seis de la tarde cuando en mi estomago empezó a suscitarse una serie de procesos digestivos difícil de explicar, que concluyeron en la emanación ininterrumpida de flatulencias olorosísimas..."

He pasado dos semanas de ensueño en Arequipa, Juliaca, Puno, Cuzco, Puerto Maldonado y Abancay. No fueron días perfectos, pero sin duda serán inolvidables; y es que la perfección, a veces, suele resultar aburrida. No sé sinceramente de que manera llegué a tantos lugares, no sé como pude ser reclutado para tan aguerridas labores, siendo yo, en la actualidad, una persona aburrida sin la más mínima sensación aventurera. Pero me lo propusieron y sin pensarlo (como siempre) acepté. No sería difícil: hablar un poco valiéndome de la facilidad innata que tengo de engañar a las personas, contándoles historias improbables, utópicas y jactanciosas. Gracias a eso lo hice, lo hice más o menos bien. Los clientes, que son al final los que pagan y financian mis gustos tal vez excesivos, quedaron satisfechos o al menos eso me hicieron creer, y yo que soy un tonto, por supuesto les creí.
He traído plasmadas en mi memoria, que esta haciendo una labor extenuante para retenerlas, cientos de historias que le iré contando estas semanas. Historias de toda índole, incluida la sexual por supuesto. Pero ahora, antes de todo, quisiera dejar para la posteridad un manual con las dos cosas mas importantes, por lo menos para mí, que deben ser tomadas en cuenta antes de realizar cualquier tipo de viaje o desplazamiento territorial, sea al interior o al exterior de la demarcación nacional.

Primero:
Nunca viajes a ninguna parte, es mas, recomendaría ni siquiera salir de casa, cuando se anuncia un paro nacional de setenta y dos horas. Es una irresponsabilidad, un suicidio planificado. Así tus ansias por buscar la paz y el relajamiento fuera de la hacinada Lima sean grandes y tu oferta de trabajo estipule que si no viajas ese mismo día no hay viaje, no lo hagas, por tu bien no lo hagas. No confíes en tus instintos de supervivencia, ¡no sirven! No creas que tu sabiduría capitalina podrá engatusar a la ignorancia provinciana y podrás escapar fácilmente de las trabas que estos pongan para hacer sentir su malestar por la indiferencia con la que el gobierno de turno los trata.
Es un error verlos por sobre el hombro, yo lo cometí, por eso invoco a que nadie mas lo cometa. Pensé que siendo yo un limeñito cultivadito podría convencer, con algo de dinero adicional claro, a los campesinos y mineros de Juliaca para que permitiesen pasar al bus en donde me trasladaba a la ciudad de Puno. Los campesinos juliaqueños, que son hombres valientes e incorruptibles, no lo permitieron y valiéndose de palos piedras y fuego, nos hicieron pagar caro nuestra osadía de ofrecerles dinero por sus conciencias. Esto me hizo admirar la integridad moral de esas personas, que a pesar de pertenecer al sector de pobreza extrema, a ser el sector de la población que soporta desde siempre las temperaturas que yo solo soporté esa noche (-12 grados centígrados) y que estuvieron a punto de llevarme al más allá, no permitieron siquiera, que osara sacar mi billetera. Yo estaba dispuesto a darles lo que me pidieran, además no solo era yo, estábamos todos los pasajeros del bus, la mayoría turistas japoneses y americanos que se desplomaban a las pistas desmayados por el frío y la altura (4800 MSNM). Las acciones que tomaron son hasta cierto punto de vista reprochables y deleznables, pero fue nuestro castigo por no respetar el paro y quedarnos en nuestro hotel, y además, siendo esto lo más grave, ofrecerles dinero por hacerse de la vista gorda y permitirnos pasar a la siguiente ciudad. Nos obligaron a caminar nueve horas hasta Puno, en esa altura y con ese frío por supuesto que no fue fácil. Me faltaba el oxigeno, mi nariz emanaba cantidades incalculables de sangre y el frío me doblaba en dos. No estoy exagerando, fue así como paso. La historia de los turistas fue peor, algunos se caían y ninguno se preocupaba en levantarlos, era caminar o quedarte pues a esa temperatura por tan solo descansar cinco minutos podías morir de hipotermia. Nunca olvidaré esa experiencia pero tampoco tengo ganas de revivirla, por ende Puno estará siempre descartado de mi guía de viajes.
Segundo:
No tomes más de quince Coca Colas antes de viajar dieciocho horas. Es mas, debería recomendar que nadie tome quince Coca Colas ni ningún otro tipo de bebidas gaseosas en esa cantidad. Es por eso que presiento que no viviré mucho, pues además de ser adicto a otro tipo de vicios, soy adicto a la Coca Cola y en Cuzco y Puno esta necesidad de agravó a limites sumamente peligrosos. A Cuzco llegué un viernes por la noche. No era la primera vez que lo visitaba, pero si era la primera vez que iba solo, por eso la experiencia fue única. Recorrí toda la ciudad, de palmo a palmo y fue así donde descubrí lo cara que está la marihuana en Cuzco, pero esa es otra historia.
Los gastos adicionales en Puno, (atención medica, medicinas, calefacción, hospedaje decente, etc.) procuraron una reducción considerable de mi presupuesto, pues no estaba previsto quedarme tantos días en ese inclemente departamento, pero al llegar al Cuzco aun contaba con una cantidad importante de dinero que me permitió degustar en diversos restaurantes la sabrosa comida de la que tanto me han hablado. Ese fue otro error. Comer en exceso esa comida exquisita, pero desbordante de grasas, condimentos, mejunjes y solo Dios sabe cuantas partículas fecales. Todo eso lo hice horas antes de enrumbarme en un viaje de dieciocho horas a Puerto Maldonado. Al subir al bus, a eso de las dos de tarde, no tuve ninguna sintomatología que pueda predecir el espectáculo vergonzoso que protagonicé luego. Eran aproximadamente las seis de la tarde cuando en mi estomago empezó a suscitarse una serie de procesos digestivos difícil de explicar, que concluyeron en la emanación ininterrumpida de flatulencias olorosísimas, todas las horas restantes del viaje, causando la indignación justificada de los demás pasajeros, a las cuales me sumé yo por supuesto, fingiendo un malestar exagerado y tratando por todos los medios de encontrar al culpable. Estas secreciones gaseosas fueron milagrosamente silenciosas y estas, suelen decir algunos, son las mas poderosas no solo en olor si no también en propagación. Este temor recurrente de ser descubierto por algún cauto pasajero no me permitió conciliar el sueño en casi las dieciocho horas que demoró el destartalado bus en llegar al último destino trazado en mi aventurero mapa.
Es lógico que la ingestión de tantas gaseosas a diario deba de estar causando algún tipo deterioro estomacal o intestinal en mi organismo, por eso y además porque no quiero volver a pasar por el penoso trance de intoxicar a personas inocentes con los gases que salen expulsados por entre mis nalgas, prometo (aunque es difícil, si no imposible, que alguien a estas alturas confíe en mis prometas) que no volveré a tomar un Coca Cola más. Será difícil, lo sé. Pero me resulta aún más complicado contener flatulencias en mi horadada espalda baja.

martes, 7 de julio de 2009

EL PUDOR Y EL HONOR DE UN ESCRITOR

A la gente de la UNSA, gracias por todo chicos.

"Diego no sabe escribir de otra manera, no quiere escribir de otra manera. No le interesa escribir sobre vidas que no conoce, sobre conflictos que no son los suyos, sobre temas que no le duelen u obsesionan..."

Diego quiere ser escritor. Escribe una novela y crónicas semanales, que a veces son adquiridas por una revista de circulación nacional. En ellas suele escribir sobre su intimidad. No le interesa escribir sobre lo que no conoce o lo que no le toca el corazón.
Sólo escribe de lo que conoce, lo que ha vivido, lo que ha dejado una huella más honda en su memoria.
Al hacerlo, escribe también, es inevitable, sobre las personas que más influencia han tenido en su vida sentimental, con las que ha compartido alguna forma, apacible o peligrosa, de intimidad: sus padres, sus amigos, sus amantes, la gente que ha estado en su vida y ha dejado un recuerdo poderoso, imborrable en él.

Diego no sabe escribir de otra manera, no quiere escribir de otra manera. No le interesa escribir sobre vidas que no conoce, sobre conflictos que no son los suyos, sobre temas que no le duelen u obsesionan, sobre desconocidos imaginarios, personajes de cartón, criaturas sin alma que no despiertan ninguna emoción en él.

Diego siente que, como aspirante a escritor, tiene derecho a contar su vida, su intimidad, sus recuerdos más perturbadores.
No ignora que, al hacerlo, distorsiona su pasado, lo afea o embellece, lo corrompe y exagera, se inventa una vida ficticia que no ha vivido del modo más o menos afiebrado en que la narra, pero que tal vez le hubiera gustado vivir.
Por eso, la intimidad que cuenta en sus novelas y sus crónicas es la suya y no es la suya, porque se basa en su vida, pero no es, en rigor, la que ha vivido sino la que cree o recuerda haber vivido, que ya no es lo mismo, porque la memoria y el tiemp o conspiran minuciosamente contra la verdad, y la que luego escribe, fabula o fantasea a partir de esos recuerdos, termina siendo una cosa completamente distinta, mejor o peor, generalmente peor, de lo que en realidad vivió.

Sin embargo, muchas de las personas que, por culpa del destino o porque así lo han querido, han visto sus vidas confundidas con la de Diego -sus familiares, sus amigos, sus amantes, sus compañeros de trabajo- creen que no tenía derecho a contar esas cosas tan privadas, aquellos secretos más o menos inconfesables, unos asuntos contrariados o felices, que, piensan ellas, pertenecían al ámbito de su intimidad y que, al recrearlos y publicarlos en la forma de una novela o una crónica, él ha expuesto indebidamente, faltando al pudor, a la discreción y al respeto a una sacrosanta privacidad que esas personas sienten que ha sido violentada, traicionada y, peor aún, falseada, porque, en efecto, las cosas que cuenta Joaquín no son como ellas las recuerdan sino como él, arbitraria y caprichosamente, se ha inventado.

Desde que publicó la primera hasta la última de sus crónicas, a Diego le han hecho ese reproche, le han enrostrado aquel reclamo airad o: “No tenías derecho a contar mis intimidades”.
Se lo han dicho, en tono más o menos áspero, en público o en privado, sus padres, algunos de sus familiares, las mujeres a las que amó, ciertos parientes de esas mujeres, sus amantes reales o imaginarios, los amigos que perdió, las mujeres a las que intentó amar, el primer hombre con el que hizo el amor, los hombres con los que actualmente hace el amor.
Esas personas han sentido que Diego, en su afán obstinado de ser un escritor, las ha traicionado, ha asaltado y saqueado, con espíritu desalmado de corsario, los tesoros más valiosos de su intimidad, aquellos secretos mejor guardados, sus peores miserias y vergüenzas, y que se ha convertido por eso en un pirata y un traidor, en un refinado asaltante de intimidades. Diego nunca sabe qué responder cuando le hacen ese reproche.
Por lo general dice secamente: “Un escritor tiene que contar su vida”. Entonces es frecuente que algunas de las personas afectadas le digan: “Pero estás contando mi vida sin pedi rme permiso”. Joaquín, si tiene valor, tal vez responde o quisiera responder: “Pero tu vida o tu intimidad, cuando se cruza con la mía, es también mi vida o mi intimidad”.
Después, cuando se queda a solas, a menudo abatido por la culpa, se plantea una cuestión ética que no le parece simple a primera vista:
¿Quién es más dueño de aquella intimidad compartida, el escritor impúdico que la airea o las personas que tuvieron la suerte o la desdicha de conocerlo y enredarse con él?
¿Qué derecho debería prevalecer, el del escritor a contar su vida y por consiguiente las de aquellas personas que estuvieron, por azar o por elección, en su vida, o el derecho de esas personas a proteger sus secretos y su intimidad?
¿Tienen derecho aquellas personas a censurar al escritor en nombre de sus miedos, sus pudores, su sentido de la discreción y el honor?
¿Tiene derecho el escritor a contarlo todo, sus secretos y los de otros, en forma de ficción o, sin artificios ni trucos literarios, como memorias personales, aun a riesgo o a sabiendas de que, al hacerlo, provocará vergüenza, malestar o incomodidad en algunas de las personas expuestas o retratadas muy a su pesar?

Diego cree que un escritor no puede aspirar a construir una obra más o menos estimable ni original si impone sobre sí mismo, sobre su apetito creador, sobre su instinto artístico, sobre sus corazonadas literarias, la censura moral que muchos, sin comprender la naturaleza misma del oficio, le exigen: que no deberá nunca, en ningún caso, inspirarse en las personas que más influencia han tenido en su vida sentimental, que no deberá retratarlas ni exponerlas en su obra, que no deberá robarles sus secretos mejor guardados ni apropiarse de su intimidad, que no deberá saltar sobre ellas, en sus ficciones, crónicas o memorias, como un pirata ávido de tesoros escondidos. Diego cree que la buena literatura tiene que ser impúdica y transgresora, indiscreta y aguafiestas, osada e impertinente, y que los más grandes escritores, o los que él más admira, han sido=2 0formidables asaltantes de la intimidad (incluso de la intimidad de algunas personas que no conocieron, que vivieron en otro tiempo, una intimidad que se inventan impunemente sin cambiarles el nombre siquiera, con la licencia legítima de que toda novela histórica tiene más de novela que de historia) y que esos grandes artistas siempre se han servido, porque no podían evitarlo, de sus recuerdos más íntimos y desgarrados, que inevitablemente bordean, rozan y se entremezclan con la intimidad de aquellas personas que conocieron, para, usándolos como materia prima o combustible explosivo, encender el fuego sagrado de la literatura y echar a arder honores, reputaciones, decoros e imposturas de toda clase.

Diego cree por eso que aquel antiguo conflicto ético entre el derecho de un escritor a contar su vida (en forma de ficción o directamente de memorias) y el derecho de otras personas a proteger su intimidad, impidiendo que el escritor cuente su vida, sólo puede ser zanjado del modo en que triunfen, ante todo, el arte, la belleza y la más insolente verdad (o la oscura y quebradiza verdad que es la que se resigna a contar el escritor), y en que fracasen así las conspiraciones del silencio, de la chatura moral, del falso honor y las mentiras en el armario o bajo la alfombra, que son las que pregonan los defensores de esa curi osa decencia social que el escritor, si lo es de verdad, se verá obligado a dinamitar, aun a riesgo de quemarse las manos y el honor.