"Y, en su propia inseguridad, dios creó al demonio, sino ¿ante quien se vería como el bueno?" Diego Granadino.

David y Sonia son mis amigos y también son cristianos. Yo no soy cristiano y por eso, David y Sonia no me consideran su amigo. A mí no me interesa ser cristiano, tal vez no ahora, quizás más adelante, y siempre y cuando pueda percibir las mismas remuneraciones mensuales que un pastor evangélico o por lo menos, una tajada de las limosnas dominicales.
David y Sonia quieren ser pastores pero ya no quieren ser mis amigos y se entiende: los pastores ganan buena plata, en cambio conmigo, solo ganaron problemas y les aseguro que de seguir siéndolo, los seguirán ganando.
Yo me hice llamar cristiano con el solo afán de no defraudarlos, de seguir siendo su amigo, de no perderlos. Ellos fingieron ser mis amigos para involucrarme su causa, para ganarme, para llenarme la cabeza de cosas en las que, estoy seguro, ellos nunca creyeron ni creerán.
Yo siempre les he sido franco pues los considero mis amigos y estoy convencido de que solo con los verdaderos amigos, puedes darte la libertad peligrosa de ser todo lo sincero que puedas. Yo les digo las cosas como son, como las pienso, como preferiría que fuesen.
David y Sonia piensan que mi sinceridad es un pecado, que estoy poseído por algún demonio que me manipula a su antojo y que me direcciona cual ventrílocuo, y ellos, pese a ser cristianos, viven sus verdades a medias, de las verdades que creen convenientes, lo demás no existe, son ataques, infamias, calumnias, tretas para llamar su atención y distraerlos de sus funciones pastorales.
Yo llevo muchos años de conocerlos, he visto de cerca todo su proceso de transformación, he sido un testigo silencioso de su obsesión por formar un minúsculo grupo que llegue a congregarse en pleno por lo menos tres semanas consecutivas, y los he visto fracasar y nuevamente reinventarse.
David y Sonia llevan muchos años de conocerme –Sonia más que David- y en ese tiempo solo me han pedido que colabore con ellos, que crea en sus sueños, que me comprometa realmente, y yo, porque son mis amigos y aunque no lo crean los quiero, lo he hecho ad honorem cuando lo han requerido, de la forma que sea, incluso más convencido que ellos de llegar a la meta.
Yo no soy cristiano y tampoco me muero por serlo, tal vez algunos dirán que escribiendo de esta manera tampoco puedo ser hijo de Dios, y bueno, quién sabe, bastardos existen hasta en las mejores familias.
David y Sonia no son pastores pero sí que se mueren por serlo; invierten para ellos la mayor parte de su tiempo y las bastantes reducidas cantidades de dinero que perciben por sus trabajos mediocres y todo con el fin supremo de cobrarse todo con intereses el día en el que el jefe de la misión –un tal Claudio Zola, que tiene una pinta de coquero del carajo- se digne, tal vez por compasión o como premio a su perseverancia, a ordenarlos pastores de su propia iglesia, aunque eso, como dice el pastor Luis Vela, es altamente improbable.
A mí me gustan las chicas y los chicos y desde hace un par de años no me incomoda decirlo. Creo que callándolo estoy ocultando mi verdadero yo, que no estoy siendo sincero con la gente que me rodea pero sobre todo conmigo mismo.
En cambio ellos prefieren que lo oculte, que mienta, que aparente ser un probo hijo de Dios, que aprenda de ellos que también tiene que fingir; pero yo no puedo, por eso he fracasado como cristiano y por eso, David y Sonia ya no son mis amigos.
Yo escribo desde muy niño, escribo historias irreales que tienen como base mi vida, pero siempre –casi siempre- está exagerada, o descrita a manera de utopía o de la manera en que yo quisiera que hubiese ocurrido.
David y Sonia saben que escribo y me dicen, tal vez falsamente, -y no me sorprendería- que no lo hago tan mal y me piden que cambie mis contenidos, que fabule con Dios; me dicen que conocen de mi llegada a la gente, que conocen de mi facilidad para hacer amigos y también –por qué no- lectores, y me explican que escribiendo sobre supuestas apariciones divinas, señales celestiales, etc., lograré que una gran masa de jóvenes se conviertan a Cristo y yo estoy seguro que jamás caeré tan bajo, que jamás tendré la necesidad de engañar a nadie de esa manera, ni por plata ni por mi salvación y mucho menos por David y Sonia.
Yo a veces escribo sobre personas que están vinculadas a mi vida -o a mi cama- y que coincidentemente también están vinculadas a las penitentes vidas de David y Sonia y quizá, por eso, estos santos señores se creen con el cívico derecho de reprocharme y recriminarme el hecho de mi indiscreción y yo por supuesto me defiendo y les explico que todo lo dije en honor a la verdad, que tener esos secretos guardados en mí son como tener un nudo oprimiendo mi pecho.
David y Sonia, que son cristianos y que aspiran –y seguirán aspirando- a ser pastores, me piden que mienta, que oculte la verdad, que me desmienta a mí mismo pidiendo disculpas públicas a los afectados, que se entiende, son cristianos y por consecuente, sus amigos.
Yo les digo que no puedo retractarme, que lo haría siempre y cuando hubiese mentido o escrito palabras inexactas, pero ese no es el caso, todo lo que dije es más que cierto y por supuesto que tengo como probarlo.
Ellos me pronostican un mal final, me auguran el infierno, ya ni siquiera me dan una esperanza, me acaban de condenar; ellos, los pastorcillos de Belén, me acaban de hacer la cruz, me acaban de excomulgar.
Diego Alonso Granadino.




